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lunes, 16 de septiembre de 2013

ESTAMOS DE VUELTA

Mañana sale a la venta el nuevo libro de Jesús García. Su título es "ESTAMOS DE VUELTA" y en la portada aparece un peregrino con una camiseta en la que leemos "MEDJUGORJE II". Esta portada resume bastante bien lo que contiene el libro. Aunque realmente no es una segunda parte de "MEDJUGORJE", sí que es la consecuencia de aquel libro a unos años vista.

En este caso, el hilo conductor vuelve a ser una peregrinación a aquella "aldea entre montañas" de Bosnia-Herzegovina, pero con la peculiaridad de que la peregrinación es en autobús, uno de esos autobuses que cada año forman parte del conocido MEDJUJOVEN del que tanto os he hablado.
Entre los ocupantes de este autobús de papel, el autor ha seleccionado a nueve para que nos cuenten su testimonio durante el viaje.
Todos ellos tienen un punto en común, ya han estado antes en Medjugorje y ahora vuelven, pero también todos ellos han hecho el viaje de vuelta a sus ciudades, a sus casas, a sus trabajos, a sus ambientes trayendo algo de allí que les ha transformado no sólo a ellos sino también a muchos de los que les rodean.
Desde un padre de familia numerosa que se lía la manta a la cabeza y empieza a organizar el MEDJUJOVEN hasta un matrimonio de diseñadores de interiores instalados en las altas esferas del mundo del diseño, pasando por un jugador olímpico de hockey hierba o una abogada con sueldo de seis cifras, sin olvidarnos de una de las inquilinas de las portadas de las revistas del corazón.
No podía faltar el testimonio de un sacerdote, puesto que no se debe peregrinar sin, por lo menos, un ministro ordenado. A este grupo hay que añadir un periodista radiofónico, de esos que llamamos "voces de la radio", un padre de familia numerosa en situación de desempleo y una joven universitaria.
En principio, el cóctel parece interesante. Entre ellos no se conocen de nada, pero se han instalado en las páginas (asientos) de este libro (autobús) en el que todavía hay sitio para tí, querido lector.
Entre parada en área de servicio y noche de camping, a la sombra de uno de los árboles de la explanada de Medjugorje o a bordo del ferry en el que cruzamos el Adriátrico, ellos quieren contarte su historia de conversión. Si quieres participar de esta peregrinación, a partir de mañana, 17 de septiembre, compra tu ejemplar.
Como anticipo os dejo el vídeo promocional.

miércoles, 22 de febrero de 2012

Mensaje de S.S. Benedicto XVI para la Cuaresma 2012

A continuación os enlazo al Mensaje que el Papa Benedicto XVI nos ha dirigido con ocasión del comienzo de la Cuaresma de este año 2012.

lunes, 20 de febrero de 2012

Del remordimiento a la alabanza: Cristo continúa perdonando los pecados.



Un día que Jesús estaba en casa (tal vez en la casa de Simón Pedro, en Cafarnaúm), se reunió tal multitud que no se podía de modo alguno entrar por la puerta. Un grupito de personas que tenía un familiar o amigo paralítico pensó superar el obstáculo destapando el techo y descolgando al enfermo por los bordes de una sábana ante Jesús. Él, vista la fe de aquellos, dice al paralítico: «Hijo, tus pecados te son perdonados».

Algunos escribas presentes piensan en sus corazones: «¡Blasfemia! ¿Quién puede perdonar los pecados, sino Dios sólo?». Jesús no desmiente su afirmación, pero demuestra con los hechos tener sobre la tierra el poder mismo de Dios: «Para que sepáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar pecados –dice al paralítico--: “A ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a casa”».

Lo que ocurrió aquel día en casa de Simón es lo que Jesús sigue haciendo hoy en la Iglesia. Nosotros somos aquel paralítico, cada vez que nos presentamos, esclavos del pecado, para recibir el perdón de Dios.

Una imagen de la naturaleza nos ayudará (por lo menos me ha ayudado a mí) a entender por qué sólo Dios puede perdonar los pecados. Se trata de la imagen de la estalagmita. La estalagmita es una de esas columnas calizas que se forman en el fondo de ciertas grutas milenarias por la caída de agua calcárea desde el techo de la cueva. La columna que pende del techo de la gruta se llama estalactita, la que se forma abajo, en el punto en que cae la gota, estalagmita. La cuestión no es el agua y su flujo al exterior, sino que en cada gota de agua hay un pequeño porcentaje de caliza que se deposita y hace masa con la precedente. Es así que, con el paso de milenios, se forman esas columnas de reflejos irisados, bellas de contemplar, pero que si se miran mejor se parecen a barrotes de una celda o a afilados dientes de una fiera de fauces abiertas de par en par.

Lo mismo ocurre en nuestra vida. Nuestros pecados, en el curso de los años, han caído en el fondo de nuestro corazón como muchas gotas de agua calcárea. Cada uno ha depositado ahí un poco de caliza --esto es, de opacidad, de dureza y de resistencia a Dios— que iba haciendo masa con lo que había dejado el pecado precedente. Como sucede en la naturaleza, el grueso se iba, gracias a las confesiones, a las Eucaristías, a la oración. Pero cada vez permanecía algo no disuelto, y ello porque el arrepentimiento y el propósito no eran «perfectos». Y así nuestra estalagmita personal ha crecido como una columna de caliza, como un rígido busto de yeso que enjaula nuestra voluntad. Se entiende entonces de golpe qué es el famoso «corazón de piedra» del que habla la Biblia: es el corazón que nos hemos creado nosotros mismos, a fuerza de convenios y de pecados.

¿Qué hacer en esta situación? No puedo eliminar esa piedra con mi voluntad sola, porque aquella está precisamente en mi voluntad. Se comprende pues el don que representa la redención obrada por Cristo. De muchas maneras Cristo continúa su obra de perdonar los pecados. Pero existe un modo específico al que es obligatorio recurrir cuando se trata de rupturas graves con Dios, y es el sacramento de la penitencia.

Lo más importante que la Biblia tiene que decirnos acerca del pecado no es que somos pecadores, sino que tenemos un Dios que perdona el pecado y, una vez perdonado, lo olvida, lo cancela, hace algo nuevo. Debemos transformar el remordimiento en alabanza y acción de gracias, como hicieron aquel día, en Cafarnaúm, los hombres que habían asistido al milagro del paralítico: «Todos se maravillaron y glorificaban a Dios diciendo: “Jamás vimos cosa parecida”».

Raniero Cantalamessa.

jueves, 22 de septiembre de 2011

Sor Emmanuel Maillard.


Sor Emmanuel Maillard nació en Francia. en 1947. Estudió Teología con el Cardenal Danielou. Se graduó en Bellas Artes en la Universidad de la Sorbona, Paris. En 1976 se unió a la Comunidad de las Bienaventuranzas. Vive en Medjugorje desde 1989.
Conmovedora a veces, humorística otras, nos relata testimonios ocurridos en Medjugorje o durante sus misiones por todo el mundo; y nos confía memorias íntimas de su propia experiencia espiritual.
Ayer estuvo en Madrid, en la Parroquia de Santa María Micaela y San Enrique. Hubo Adoración del Santísimo Sacramento con oración del Santo Rosario y meditación a cargo de ella misma. Celebramos la Santa Misa como si fuera "nuestra primera misa", como si fuera "nuestra última misa", como si fuera "LA ÚNICA MISA".
Luego volvieron a exponer el Santísimo Sacramento y durante algo más de una hora nos estuvo hablando de  la CONVERSIÓN.
Sus charlas siempre empiezan con unas preguntas: ¿Queréis ir al cielo? ¿Sois Santos? ¿Queréis ser santos? Supongo, querido lector, que tus respuestas -como las mías- a estas preguntas serán: sí, no, sí.
Ha hecho referencia a dos de los últimos mensajes de la Virgen en Medjugorje:
Mensaje del 25 de Mayo¡Queridos hijos! Mi oración hoy es para todos vosotros que buscáis la gracia de la conversión. Llamáis a la puerta de mi Corazón, pero sin esperanza ni oración, en el pecado, y sin el sacramento de la Reconciliación con Dios. Abandonad el pecado y decidiros, hijos míos, por la santidad. Solamente así puedo ayudaros y escuchar vuestras oraciones e interceder ante el Altísimo. ¡Gracias por haber respondido a mi llamada!”Mensaje del 2 de Julio
“Queridos hijos: a causa de vuestra unión con mi Hijo os invito a dar un paso difícil y doloroso: Os invito al reconocimiento completo y confesión de los pecados, a la purificación. Un corazón impuro no puede permanecer en mi Hijo y con mi Hijo. Un corazón impuro no puede dar fruto de amor y de unidad. Un corazón impuro no puede cumplir con las cosas rectas y correctas, no es ejemplo de la belleza del Amor de Dios frente aquellos que están alrededor suyo y que no lo han conocido. Vosotros hijos míos, reuníos en torno a mí llenos de entusiasmo, de deseos y de expectativas, sin embargo Yo oro al Buen Padre, para que por medio del Espíritu Santo de mi Hijo, ponga la fe en vuestros corazones purificados. Hijos míos, escuchadme, encaminaos conmigo”
Mirjana después de la aparición comentó: “Mientras la Virgen se marchaba, mostró la tiniebla a su lado izquierdo y a su derecho una cruz en una luz dorada”. Mirjana sostuvo además: “la Virgen quiso mostrar la diferencia entre un corazón purificado y el no purificado”

La conversión es una realidad precisa para el pueblo hebreo que tiene una expresión "Te Shivá" que significa "el que regresa". Esto se ve muy claro en la Parábola del Hijo Pródigo que ha experimentado una conversión y regresa a la casa del padre.
Para esta conversión es necesario no perder de vista la primera de las preguntas que Sor Emmanuel nos ha hecho, porque el objetivo de nuestra vida es el Cielo, nuestra auténtica morada es el Cielo (Sal 84); y Satanás está empeñado en que perdamos esto de vista, volviéndonos la vista hacia lo terreno y esto nos lleva a la desesperación porque lo terreno es efímero.
La Virgen quiere que cambiemos radicalmente la dirección de nuestra vida y para ello nos pide que tomemos la decisión de la conversión. El primer acto de nuestra conversión debe ser una CONFESIÓN.
"Os invito a la confesión mensual", "No hay nadie en la Tierra que no necesite una confesión mensual", "La confesión mensual es el primer paso para la salvación del mundo", estas y otras frases tomadas de los Mensajes de la Virgen en Medjugorje ha utilizado Sor Emmanuel para invitarnos a acudir al Sacramento de la Reconciliación todos los meses.
"Cuando os confeséis, cambiad de vida". La confesión depende del amor que tengamos por Jesús, porque Él es quien ha pagado por nuestros pecados. Si le amamos verdaderamente, tendremos dolor en el corazón por cometer pecado y haremos todo lo posible por repararlo. Este "dolor de corazón" es similar a lo que la Iglesia llama CONTRICIÓN.
Dice el Salmo 50 "un corazón contrito y humillado Tú no lo desprecias, Señor". Para alcanzar esta contrición hay que "conocer" a Aquel a quien herimos con nuestros pecados, a Jesús. Para empezar a amar a Jesús hay que coger la cruz. Hay que adorar a Jesús clavado en la cruz, venerar sus llagas y pedirle que nos sane de nuestras heridas. Ponernos al pie de la cruz junto a María, bajo el corazón abierto de Jesús. De este corazón abierto manó agua y sangre y también el Espíritu Santo que es un río de Amor divino que viene a saciar nuestra sed de amor verdadero. Así cada día puede ser un nuevo pentecostés.
"¿Qué habéis hecho con los mandamientos?" ha preguntado a los numerosos asistentes. Los mandamientos no son leyes esclavizantes sino un camino a seguir para tener VIDA ETERNA que empieza en la Tierra y se prolonga en la eternidad. Los mandamientos nos explican qué hay que hacer para tener Vida y no muerte.
"Con el pecado no tenéis paz", "El pecado no es humano, lo ha inventado Satanás". Cuando pecamos perdemos nuestra humanidad porque el hombre ha sido creado por Dios a "su imagen y semejanza" para ser sus hijos por adopción y el precio de esta adopción ha sido la sangre de su Hijo.
El mundo también ha hecho sus propios mandamientos no escritos. El principal de ellos es "cuanto más peques, mejor para ti". Ante el primer mandamiento "Amarás a Dios sobre todas las cosas" nos ofrecen la idolatría, unas veces de forma descarada y otras veces de forma encubierta con nuevas filosofías-religiones como la New Age, el Reiki, la adivinación, el horóscopo, las sanaciones, los santeros, etc. El primer mandamiento quiere que te fíes de Dios, porque Él es tu Padre.
Hay otros dos mandamientos que son pisoteados en nuestra sociedad actual: "No matarás" y "No adulterarás". Hasta tal punto se ha ensuciado el sexto y noveno mandamientos que prácticamente se ha convertido en "virtud" el ir contra ellos. Contra el quinto mandamiento vemos como se legisla en contra de la vida cada vez en más países. El aborto es un pecado gravísimo. Dios perdona todos los pecados pero por el aborto pide una gran penitencia para la madre y para el padre. Nosotros no debemos juzgarles sino ayudarles y acogerles con inmenso amor.
La Virgen nos invita a estudiar los mandamientos y a vivirlos porque son nuestra seguridad y debemos ajustar nuestra vida a esta Palabra de Vida (Dt 5).
Dios no sólo perdona nuestros pecados, sino que los olvida. Lo difícil es perdonarse a uno mismo, porque puedes llegar a la confesión, a perdonar a tus enemigos, a pedir perdón por el daño causado, etc. pero perdonarte a ti mismo es fruto de una profunda contrición. Esta contrición es fruto del Espíritu Santo y es tan importante que puede exonerarnos del purgatorio.
Cuando hacemos una buena confesión no sólo recibimos la paz, también alegría. Por esto es necesario no dejar transcurrir tiempo entre el pecado y la conversión. Este es el misterio de la santidad. Cuando pequemos no debemos mirarnos a nosotros mismos, sino mirar a Cristo inmediatamente. Es necesario que los pecadores regresen a Dios.
Debemos rezar mucho por nuestros presbíteros, pidiendo que sean sacerdotes santos para la Iglesia, pidiendo también nuevas vocaciones, sin miedo a que uno de nuestros hijos decida entregar su vida a esta misión. Los sacerdotes no necesitan nuestro juicio, ni nuestras críticas; sino nuestra oración y nuestro amor. En este tiempo en que en muchas iglesias se han quitado los confesionarios es necesario revitalizar este sacramento. Deberíamos colgar un gran cartel en la fachada de nuestras parroquias que dijera: "SE BUSCAN PECADORES".
NOTA: He tratado de transcribir un resumen de lo que fue la conferencia de ayer. Seguramente que he dejado muchas cosas olvidadas y he enfatizado en otras. Este es el resultado de unir las notas que tomé en el acto. Como veis está un poco deslabazado, pero confío en que se entienda.

miércoles, 31 de agosto de 2011

MEĐUJOVEN’ 2011 (El confesionario del mundo)

Otra de las cosas que llama la atención en Međugorje son las largas colas de peregrinos esperando para confesar. En uno de los laterales de la parroquia hay unos confesionarios y frente a ellos filas de bancos abarrotadas de fieles esperando su turno. Hay unas estanterías con carteles con distintas banderas de países que los sacerdotes toman para indicar los idiomas que hablan y con esto y un par de sillas habilitan nuevos confesionarios alrededor de los muros de la parroquia.
En los días de agosto en que aprieta el calor se intenta buscar la sombra, pero no siempre es posible.
Para hablar de todo esto os contaré algunas anécdotas de sacerdotes amigos.
Este año, por ejemplo, un sacerdote amigo preparó sus dos sillas y su cartelito con la bandera española. Pronto tuvo peregrinos para confesar que empezaban a hacer cola a la sombra para esperar su turno. Sin darse cuenta, a este sacerdote se le echó la tarde y la noche encima sin tiempo para descansar y ni siquiera para poder comer. Estuvo unas diez horas confesando de forma ininterrumpida. Lo grande no es esto sino que cuando nos lo contó al día siguiente iba de nuevo a confesar, pero esta vez provisto de una bolsa con comida y agua para poder aguantar el tiempo que fuera necesario.
Otro sacerdote amigo tuvo una experiencia similar. Estuvo confesando varias horas y al dar la absolución a uno de sus peregrinos se despidió de él y observó que no había nadie esperando. Vio a unos amigos españoles y, de forma simpática, les saludó con un Hello!. Se volvieron varios peregrinos de lengua inglesa que hacían cola ante otro confesor y le preguntaron si hablaba inglés para poder confesar con él...
Conozco también un sacerdote joven que recién ordenado peregrinó a Međugorje. Tuvo un buen estreno como confesor, que no olvida con el paso de los años. Me contó una anécdota muy interesante. Uno de los días que confesaba al aire libre con su aspecto de cura joven y novato se le acercó un peregrino anciano y se arrodilló ante él para confesarle que también él era sacerdote y que había esperado durante dos horas su correspondiente cola sólo para darle ánimos y decirle que perseverara en su ministerio.
En uno de los libros que recientemente se han publicado sobre Juan Pablo II, se pone en boca de él una frase: "Si no fuera Papa, estaría confesando en Međugorje".

domingo, 24 de julio de 2011

Aniversario

Hoy, 24 de julio, es una de las fechas que tengo profundamente marcadas en mi calendario. Como tantas otras cosas, también es una fecha con contrastes. Como el agua: signo de vida, pero también de destrucción y muerte, a veces.
Un día como hoy de hace 33 años fallecía mi padre en un accidente de tráfico. Acontecimiento que marcó toda mi juventud y que, sólo con la ayuda de Dios, he podido aceptar sin llegarlo a entender nunca.
Un día como hoy de hace 23 años "Perico" Delgado ganaba el Tour de Francia. Yo prácticamente no me enteré de este acontecimiento deportivo tan importante aquel día de 1988.
Aquel día 24 de julio de 1988 marcó definitivamente esta fecha en nuestras vidas. Dios quiso que fuera aquel día y no otro que nosotros habíamos previsto antes. Porque Dios hace así de bien la cosas. No podía grabar esta fecha como recuerdo de tragedia y dolor.
A mediodía comenzó la celebración en la que nos uníamos en el Sacramento del Matrimonio mi novia de toda la vida y yo. Y digo bien, mi novia de toda la vida porque fueron 9 años de noviazgo.

Desde entonces hasta ahora hemos pasado muchas cosas, casi todas juntos, literalmente, porque no nos concebimos el uno sin el otro. Nosotros lo hemos interpretado así: para que esto vaya para adelante tenemos que hacer todo lo que podamos JUNTOS los dos y con Él en medio.
Han nacido nuestras cuatro hijas, las hemos visto crecer y a alguna (o algunos) irse al cielo antes de nacer. Hemos vivido alegrías y penas. Hasta hoy la salud nos ha respetado y las enfermedades han sido muy llevaderas, gracias a Dios. Hemos tenido trabajos buenos, malos y regulares; incluso no hemos tenido trabajo. Pero siempre juntos.
Con las niñas hemos visto sus bautizos, comuniones, confirmaciones. Todas ellas siguen en la Iglesia. ¡Qué bendición, Dios mío!
Nos conocemos muy bien y sabemos que esta obra no es nuestra. Es fruto de la misericordia infinita de Dios, una prueba más de su inmenso Amor y que nosotros no merecemos. La Iglesia, como Madre, ha cuidado de nosotros con mucho mimo y nos ha ayudado muchísimo. También la Virgen María nos ha acompañado durante todo este tiempo de forma callada, pero siempre amorosa.
Hemos discutido algunas veces, más de las que quisiéramos cualquiera de los dos, pero siempre hemos podido decir: PERDÓN.
Hace unos días leí que para que un matrimonio funcione uno de los dos tiene que darse plenamente al otro, desprendiéndose de sí mismo; pero para que ese matrimonio sea FELIZ es necesario que esto lo hagan los dos. Por lo que a mí respecta os puedo asegurar que sin la ayuda de DIOS es imposible, pero también os garantizo que somos FELICES. Sacad vuestras conclusiones.
Por todo ello, en primer lugar: ¡GRACIAS, SEÑOR! Sigue bendiciendo nuestro matrimonio, no nos dejes nunca de tu mano. Y también ¡GRACIAS INMACULADA por tu paciencia conmigo!
Siempre digo que me encantaría volverme a casar, pero con la misma mujer.

Sé que mi padre también vela por nosotros desde el cielo.

lunes, 11 de julio de 2011

Homilía de bodas

No conocía personalmente a D. Jesús Higueras. He visitado varias veces su parroquia de Santa María de Caná en Pozuelo de Alarcón, pero nunca he coincidido con él. También he leído alguno de sus libros y he visto alguno de sus programas en televisión. Me consta que, incluso, tenemos algún amigo común.
Admiro sus comentarios y también algunos de sus textos. Tanta admiración tenía que dar en que coincidiéramos más pronto que tarde.
El encuentro tuvo lugar ayer, inesperadamente por mi parte, en el convento de las Hermanas Iesu Communio, como no podía ser de otra manera.
Fue en la celebración de iniciación a la Vida Consagrada de una hermana feligresa de su parroquia de Caná.
Presidió la celebración D. Jesús y me sedujo con su homilía.
Previamente en el locutorio les confesó públicamente que "no tengo ninguna envidia de vosotras, porque yo también estoy enamorado de Él".
No llevaba nada escrito, solamente un reloj en la mano para marcarle el tiempo que consumía y evitar que le sacáramos "los tres pañuelos blancos" para "devolverle al corral". No necesita papeles para hablar de lo que Dios ha grabado en su corazón, ni para explicar lo que siente al contemplar a personas enamoradas, "enfermas de amor".
Nos ha regalado una preciosa "homilía de bodas" que intentaré resumir en estas líneas o, al menos, exponer lo que yo entendí de ella mezclado con mis propias impresiones (es inevitable).
Ha centrado todo su discurso en la vocación al AMOR, sí, al AMOR con mayúsculas. "Todos estamos llamados a la esponsalidad y a la fecundidad". Unos esta esponsalidad la culminan en el sacramento del matrimonio y la fecundidad en la paternidad de sus hijos. A otros esta esponsalidad les lleva a consagrar su vida al Amado para ser "padres" ó "madres" de tantos... Lo que no es ninguna vocación es "la soltería" (como me acuerdo de José Antonio Carmona, mi querido catequista). No se puede vivir sin unir tu vida con la de alguien ó "Alguien" con el que hacerte "una sola carne".
Para explicar esta vocación al AMOR ha recorrido tres palabras claves:
  • RESPETO: "Es el cimiento sobre el que se tiene que asentar toda relación de amor". No ha hablado del respeto mutuo, sino del respeto al otro. Para llegar a este respeto hay que ser consciente de quién es ese otro. Ese otro es Dios, el mismo Dios que te conoce desde antes de tu nacimiento y que, desde entonces, te ha estado cuidando. Él sí que te respeta, tanto que te regala la libertad, porque te ama. ¿Por qué no le respetamos nosotros a él?... ¡Cuántas veces pretendemos que haga nuestra voluntad, incluso en nuestras oraciones! ¡Cuántas veces queremos amoldarle a nuestro gusto!
Si trasladamos esto a nuestra relación con el prójimo, no hay que cambiar ni una sola letra. ¡¡¿¿cómo?!! Sí, ni una sola letra. ¿Por qué? Pues porque "el otro es Cristo". En el matrimonio esto debe ser el cimiento de la relación esponsal. "Dos que se hacen una sola carne, en Cristo". Ya escribí otro "post" hablando de lo difícil que es ver a Cristo en el otro, pero sí es cierto que cuando Él te lo concede todo es distinto.
  • COMUNICACIÓN: "El amor crece en la comunicación". El Padre Higueras ha preguntado a los presentes: ¿Cuál es el primer mandamiento? La gran mayoría ha respondido: "Amarás a Dios sobre todas las cosas". ¡¡¡NO!!! ha dicho D. Jesús y alguna hermana postulante ha dado con la respuesta correcta: "Shemá Israel, Adonai Elohenu, Adonai Ehad" Es decir: ESCUCHA ISRAEL, el Señor es nuestro Dios, el Señor es uno.
La clave para el crecimiento en el Amor es la escucha. Escuchar. En nuestro mundo es complicado porque lo que queremos es que se nos escuche a nosotros. ¿Qué es lo que tenemos que escuchar? Como dice  el salmo invitatorio: "Si hoy escucháis su voz, no endurezcáis el corazón". Y ¿Cuál es su voz? La del Cantar de los Cantares: "La voz de mi amado, helo aquí que viene saltando por los montes... Empieza a hablar mi amado y me dice: ¡Levántate, amada mía. Levántate, hermosa mía y vente!" Más adelante dice el mismo Cantar de los Cantares: "si alguien escucha mi voz y me abre, entraré y cenaremos juntos".
Y esa voz no está lejos de nosotros, está en el otro, está también en el Sagrario, está en la Palabra de Dios, está en tantos acontecimientos que nos hablan cada día. Sólo hay que ESCUCHAR.
  • PERDÓN: "Es la culminación de toda relación de AMOR". Porque el amor con el que Dios nos ha creado no se llama solidaridad, ni siquiera comprensión, son "entrañas de misericordia". Esta misericordia se muestra muy bien en la parábola del hijo pródigo que todos conocemos. Una misericordia que todo lo hace nuevo.
Ni siquiera se trata de que Dios olvide lo que perdona. No es eso. Él ha cargado con nuestras culpas una vez por todas para que no tengamos que padecer más. No toma cuentas de nuestros delitos sino que nos recrea haciéndonos nuevos hijos de Dios por su misericordia.

Y ¿Cuál es la escuela de este Amor? La cruz. La verdadera escuela de esta relación de amor es la cruz. Mirar a Cristo en su pasión. En la Eucaristía en que acontece este milagro de amor. Que todo un Dios se hace hombre y entrega hasta la última gota de su sangre por amor. Y cuando ya ha entregado todo su ser, nos entrega a su Madre. Pero tampoco se conforma con esto sino que abre su costado para que de él nazca la Iglesia.
Dice la Madre Teresa de Calcuta: "Amar y amar hasta que te duela". Como Cristo en la cruz. Con su cabeza coronada de espinas, con las manos y los pies sujetos por los clavos y el costado traspasado por una lanza. Esta es la "señal del cristiano" sin quitarle ningún elemento. La cabeza, sede de la razón, coronada de espinas porque "¿De qué te sirve tener razón si no amas a tu hermano?". Las manos y los pies, manifestación de "nuestras fuerzas", clavados a la cruz para no poder resistirnos al hermano. El costado, junto al corazón donde guardamos nuestros afectos y nuestros intereses, atravesado por la lanza para que nada antepongamos al amor al prójimo.
En la Iglesia, guiados por María es donde tenemos que alimentar este Amor.
No sé si han sido 25 ó 30 minutos de "faena" pero a nadie se le ha ocurrido sacar el "pañuelo blanco" para darle el pertinente aviso.

Gracias, D. Jesús Higueras, ha sido un placer compartir esta tarde con usted. Espero que nos encontremos más veces.

sábado, 9 de julio de 2011

La semilla de Dios en mi libertad

Comentario al Evangelio
Domingo 15º del Tiempo ordinario. Mt 13,1-23
10 de julio de 2011

            Este domingo se nos habla de semillas, de lluvia que las riegan, de libertad que permite que sencillamente sean. Acaso para nuestra cultura tecnificada y asfáltica, puede que nos venga raro o lejano el discurso, pero vale la pena asomarse a él humildemente, como quien puede y quiere aprender algo que nos corresponde de veras. Cuando el hombre se abre al don de Dios manifestado en su Palabra, ceden las esclavitudes y saltan nuestras cadenas, y empezamos a ser en ver­dad hijos de Dios como nos dice la segunda lectura (Rom 8,18-23). No siempre la libertad del hombre está abierta al don de Dios, por eso existe un gemido, una tristeza, una frustración que nos vela la gloria para la cual hemos sido hechos.

                La Gracia de Dios es como la lluvia, nos dibuja bellamente Isaías en la primera lectura, pero si nuestros cauces de absorción están embotados, cerrados a cal y canto,  Él respetará delicadamente nuestra cerrazón y ni siquiera nos humedecerá el más grande de los torrentes, por más que Dios quiera empaparnos. Este es el plan de Dios, su proyecto y su deseo. Pero Él no lo impone, sino que lo propone, dejando la última palabra a nuestra libertad. Tremendo misterio y responsabilidad.

                Así se entiende esta parábola que Jesús mismo explica a sus discípulos. La semi­lla es la misma, pero los terrenos de acogida no. Y aquí está la cuestión, como plástica­mente va desgranando la parábola: no entender la Palabra de Dios porque no nos ha calado (la semilla que cae en el camino); no cuidar eso que se ha entendido ya pero que no nos ha llegado hasta el fondo de nuestro corazón (la que cae en terreno pedregoso); pretender escuchar al mismo tiempo a Dios y a otros que contra Él hablan, yéndonos al final tras los seductores de turno haciendo así estéril lo que el Señor sembró en noso­tros (lo sembrado entre zarzas).

                Pero también existe el terreno humilde, que acoge con sencillez, aunque sea lento e incluso torpe en asimilar. Importa menos la celeridad y la cantidad del fruto (unos dan ciento, otros sesenta, otros treinta por uno), lo único importante es haber acogido esa semilla de su Palabra y que nos fecundice. ¿No quiere Dios sembrarse en nosotros para en nosotros fructificar otra vez el don de la paz y de la gracia, el de la luz y la miseri­cordia, el del perdón y la alegría... todos esos frutos que nuestro amado mundo no con­sigue fabricarse y que sin embargo necesita más que nunca? ¡Qué hermosa es la vida de tanta gente sencilla que sin troníos ni alharacas se han dejado fecundar por Dios, por su lluvia y su semilla! El pueblo nuevo de Dios es un pueblo que huele a tierra mojada de la que nacerá en libertad ese mundo según el corazón de Dios. Basta no cerrarse. Basta creerlo, acogerlo y compartirlo. Ojalá tengamos oídos para oír, corazón para acoger y manos para compartir la semilla de cuanto Él hace y dice en nuestra pequeñez.


@ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

viernes, 24 de junio de 2011

Nacimiento de San Juan Bautista

"Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos, anunciando a su pueblo la salvación, el perdón de sus pecados, por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz." (Lc 1, 76-79).
Igual que en Belén existe una estrella que marca el lugar donde nació el niño Jesús, también en Ain Karem existe esta estrella que veis en la imagen y que indica el lugar en el que nació San Juan Bautista.
 En el recinto de la iglesia de San Juan Bautista, como en otras iglesias de Israel, está el texto del Benedictus (en este caso) en multitud de idiomas grabado sobre cerámica.
La fiesta que hoy celebramos es el nacimiento de San Juan Bautista. Es importante considerar que solamente se celebran en la Iglesia Católica dos nacimientos: el de Cristo y el de Juan el Bautista.
San Agustín comenta este hecho en la segunda lectura del oficio de este día:
"Juan nace de una anciana estéril; Cristo, de una jovencita virgen. El futuro padre de Juan no cree el anuncio de su nacimiento y se queda mudo; la Virgen cree el del nacimiento de Cristo y lo concibe por la fe".
"Juan es la línea divisoria entre los dos Testamentos, el antiguo y el nuevo. Así lo atestigua el Señor cuando dice: La ley y los profetas llegaron hasta Juan. Por tanto, él es como la personificación de lo antiguo y el anuncio de lo nuevo. Porque personifica lo antiguo, nace de padres ancianos; porque personifica lo nuevo, es declarado profeta en el seno de su madre. Aún no ha nacido y, al venir la Virgen María, salta de gozo en las entrañas de su madre. Con ello queda ya señalada su misión, aún antes de nacer; queda demostrado de quién es precursor, antes de que él lo vea."
"Zacarías calla y pierde el habla hasta que nace Juan, el precursor del Señor, y abre su boca. Este silencio de Zacarías significaba que, antes de la predicación de Cristo, el sentido de las profecías estaba en cierto modo latente, oculto, encerrado. Con el advenimiento de aquel a quien se referían estas profecías, todo se hace claro. El hecho de que en el nacimiento de Juan se abre la boca de Zacarías tiene el mismo significado que el rasgarse el velo al morir Cristo en la cruz. Si Juan se hubiera anunciado a sí mismo, la boca de Zacarías habría continuado muda. Si se desata su lengua es porque ha nacido aquel que es la voz; en efecto, cuando Juan cumplía ya su misión de anunciar al Señor, le dijeron: ¿Tú quién eres? Y él respondió: Yo soy la voz que grita en el desierto. Juan era la voz; pero el Señor era la Palabra que en el principio ya existía. Juan era una voz pasajera, Cristo la Palabra eterna desde el principio."

sábado, 9 de abril de 2011

Aquí no se hacen chismes


P. Raniero Cantalamessa

Tercera Predicación de Cuaresma
QUE LA CARIDAD SEA SIN FINGIMIENTO


1. Amarás al prójimo como a ti mismo
Se ha observado un hecho. El río Jordán, en su curso, forma dos mares: el mar de Galilea y el mar Muerto, pero mientras que el mar de Galilea es un mar bullente de vida, entre las aguas con más pesca de la tierra, el mar Muerto es precisamente un mar “muerto”, no hay traza de vida en él ni a su alrededor, sólo salinas. Y sin embargo se trata de la misma agua del Jordán. La explicación, al menos en parte, es esta: el mar de Galilea recibe las aguas del Jordán, pero no las retiene para sí, las hace volver a fluir de manera que puedan irrigar todo el valle del Jordán.
El mar Muerto recibe las aguas y las retiene para sí, no tiene desaguaderos, de él no sale una gota de agua. Es un símbolo. Para recibir amor de Dios, debemos darlo a los hermanos, y cuanto más lo damos, más lo recibimos. Sobre esto queremos reflexionar en esta meditación.
Tras haber reflexionado en las primeras dos meditaciones sobre el amor de Dios como don, ha llegado el momento de meditar también sobre el deber de amar, y en particular en el deber de amar al prójimo. El vínculo entre los dos amores se expresa de forma programática por la palabra de Dios: “Si Dios nos amó tanto, también nosotros debemos amarnos los unos a los otros. ” (1 Jn 4,11).
“Amarás a tu prójimo como a ti mismo” era un mandamiento antiguo, escrito en la ley de Moisés (Lv 19,18) y Jesús mismo lo cita como tal (Lc 10, 27). ¿Cómo entonces Jesús lo llama “su” mandamiento y el mandamiento “nuevo”? La respuesta es que con él han cambiado el objeto, el sujeto y el motivo del amor al prójimo.
Ha cambiado ante todo el objeto, es decir, el prójimo a quien amar. Este ya no es sólo el compatriota, o como mucho el huésped que vive con el pueblo, sino todo hombre, incluso el extranjero (¡el Samaritano!), incluso el enemigo. Es verdad que la segunda parte de la frase “Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo” no se encuentra literalmente en el Antiguo Testamento, pero resume su orientación general, expresada en la ley del talión: “ojo por ojo, diente por diente” (Lv 24,20), sobre todo si se compara con lo que Jesús exige de los suyos:
“Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, rogad por sus perseguidores; así seréis hijos del Padre que está en el cielo, porque él hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos. Si amáis solamente a quienes os aman, ¿qué recompensa merecéis? ¿No hacen lo mismo los publicanos? Y si saludáis solamente a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo los paganos?” (Mt 5, 44-47).
Ha cambiado también el sujeto del amor al prójimo, es decir, el significado de la palabra prójimo. Este no es el otro; soy yo, no es el que está cercano, sino el que se hace cercano. Con la parábola del buen samaritano Jesús demuestra que no hay que esperar pasivamente a que el prójimo aparezca en mi camino, con muchas señales luminosas, con las sirenas desplegadas. El prójimo eres tu, es decir, el que tu puedes llegar a ser. El prójimo no existe de partida, sino que se tendrá un prójimo sólo el que se haga próximo a alguien.
Ha cambiado sobre todo el modelo o la medida del amor al prójimo. Hasta Jesús, el modelo era el amor de uno mismo: “como a ti mismo”. Se dijo que Dios no podía asegurar el amor al prójimo a un “perno” más seguro que este; no habría obtenido el mismo objetivo ni siquiera su hubiese dicho: “¡Amarás a tu prójimo como a tu Dios!”, porque sobre el amor a Dios – es decir, sobre qué es amar a Dios – el hombre todavía puede hacer trampa , pero sobre el amor a sí mismo no. El hombre sabe muy bien qué significa, en toda circunstancia, amarse a sí mismo; es un espejo que tiene siempre ante sí, no tiene escapatoria1.
Y sin embargo deja una escapatoria, y es por ello que Jesús lo sustituye por otro modelo y otra medida: “Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros, como yo os he amado” (Jn 15,12). El hombre puede amarse a sí mismo de forma equivocada, es decir, desear el mal, no el bien, amar el vicio, no la virtud. Si un hombre semejante ama a los demás como a sí mismo, ¡pobrecita la persona que sea amada así! Sabemos en cambio a dónde nos lleva el amor de Jesús: a la verdad, al bien, al Padre. Quien le sigue “no camina en las tinieblas”. Él nos amó dando la vida por nosotros, cuando éramos pecadores, es decir, enemigos (Rm 5, 6 ss).
Se entiende de este modo qué quiere decir el evangelista Juan con su afirmación aparentemente contradictoria: “Queridos míos, no os doy un mandamiento nuevo, sino un mandamiento antiguo, el que aprendisteis desde el principio: este mandamiento antiguo es la palabra que oísteis. Sin embargo, el mandamiento que os doy es nuevo” (1 Jn 2, 7-8). El mandamiento del amor al prójimo es “antiguo” en la letra, pero “nuevo” por la novedad misma del evangelio. Nuevo – explica el Papa en un capítulo de su nuevo libro sobre Jesús – porque no es ya solo “ley”, sino también, e incluso antes, “gracia”. Se funda en la comunión con Cristo, hecha posible por el don del Espíritu.2
Con Jesús se pasa de la ley del contrapeso, o entre dos actores: “Lo que el otro te hace, házselo tu a él”, a la ley del traspaso, o a tres actores: “Lo que Dios te ha hecho a ti, hazlo tu al otro”, o, partiendo de la dirección opuesta: “Lo que tu hayas hecho al otro, es lo que Dios hará contigo”. Son incontables las palabras de Jesús y de los apóstoles que repiten este concepto: “Como Dios os ha perdonado, perdonaos unos a otros”: “Si no perdonáis de corazón a vuestros enemigos, tampoco vuestro padre os perdonará”. Se corta la excusa de raíz: “Pero él no me ama, me ofende...”. Esto le compete a él, no a ti. A ti te tiene que importar sólo lo que haces al otro y cómo te comportas frente a lo que el otro te hace a ti.
Queda pendiente la pregunta principal: ¿por qué este singular cambio de rumbo del amor de Dios al prójimo? ¿No sería más lógico esperarse: “Como yo os he amado, amadme así a mi”?, en lugar de: “Como yo os he amado, amaos así unos a otros”? Aquí está la diferencia entre el amor puramente de eros y el amor de eros y agape unidos. El amor puramente erótico es de circuito cerrado: “Ámame, Alfredo, ámame como yo te amo”: así canta Violeta en la Traviata de Verdi: yo te amo, tu me amas. El amor de agape es de circuito abierto: viene de Dios y vuelve a él, pero pasando por el prójimo. Jesús inauguró él mismo este nuevo tipo de amor: “Como el Padre me ha amado, así también os he amado yo” (Jn 15, 9).
Santa Catalina de Siena dio, del motivo de ello, la explicación más sencilla y convincente. Ella hace decir a Dios:
“Yo os pido que me améis con el mismo amor con que yo os amo. Esto no me lo podéis hacer a mi, porque yo os amé sin ser amado. Todo el amor que tenéis por mí es un amor de deuda, no de gracia, porque estáis obligados a hacerlo, mientras que yo os amo con un amor de gracia, no de deuda. Por ello, vosotros no podéis darme el amor que yo requiero. Por esto os he puesto al lado a vuestro prójimo: para que hagáis a este lo que no podéis hacerme a mi, es decir, amarlo sin consideraciones de mérito y sin esperaron utilidad alguna. Y yo considero que me hacéis a mi lo que le hacéis a él”3.
2. Amaos de verdadero corazón
Tras estas reflexiones generales sobre el mandamiento del amor al prójimo, ha llegado el momento de hablar de la cualidad que debe revestir este amor. Éstas son fundamentalmente dos: debe ser un amor sincero y un amor de los hechos, un amor del corazón y un amor, por así decirlo, de las manos. Esta vez nos detendremos en la primera cualidad, y lo hacemos dejándonos guiar por el gran cantor de la caridad que es Pablo.
La segunda parte de la Carta a los Romanos es toda una sucesión de recomendaciones sobre el amor mutuo dentro de la comunidad cristiana: “Que vuestra caridad sea sin fingimiento[...]; amaos unos a otros con afecto fraterno, competid en estimaros mutuamente...” (Rm 12, 9 ss). “Que la única deuda con los demás sea la del amor mutuo: el que ama al prójimo ya cumplió toda la Ley” (Rm 13, 8).
Para captar el espíritu que unifica todas estas recomendaciones, la idea de fondo, o mejor, el “sentimiento” que Pablo tiene de la caridad, debe partirse de esa palabra inicial: “Que la caridad sea sin fingimiento”. Esta no es una de las muchas exhortaciones, sino la matriz de la que deriva todas las demás. Contiene el secreto de la caridad. Intentemos captar, con la ayuda del Espíritu, este secreto.
El término original usado por san Pablo y que se traduce como “sin fingimiento”, esanhypòkritos, es decir, sin hipocresía. Este término es una especie de “chivato”; es, de hecho, un término raro que encontramos empleado, en el Nuevo Testamento, casi exclusivamente para definir el amor cristiano. La expresión “amor sincero” (anhypòkritos) vuelve ahora en 2 Corintios 6, 6 y en 1 Pedro 1, 22. Este último texto permite captar, con toda certeza, el significado del término en cuestión, porque lo explica con una perífrasis; el amor sincero – dice – consiste en amarse intensamente “de verdadero corazón”.
San Pablo, por tanto, con esa sencilla afirmación: “que la caridad sea sin fingimiento”, lleva el discurso a la raíz misma de la caridad, al corazón. Lo que se exige del amor es que sea verdadero, auténtico, no fingido. Como el vino, para ser “sincero”, debe ser exprimido de la uva, así el amor del corazón. También en ello el Apóstol es el eco fiel del pensamiento de Jesús; él, de hecho, había indicado, repetidamente y con fuerza, al corazón, como el “lugar” en el que se decide el valor de lo que el hombre hace, lo que es puro, o impuro, en la vida de una persona (Mt 15, 19).
Podemos hablar de una intuición paulina, respecto de la caridad; ésta consiste en revelar, tras el universo visible y exterior de la caridad, hecho de obras y de palabras, otro universo totalmente interior, que es, respecto al primero, lo que el alma es para el cuerpo. Volvemos a encontrar esta intuición en el otro gran texto sobre la caridad que es 1 Corintios 13. Lo que san Pablo dice allí, bien mirado, se refiere totalmente a esta caridad interior, a las disposiciones y a los sentimientos de caridad: la caridad es paciente, es benigna, no es envidiosa, no se irrita, todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera... No hay nada que se refiera, directamente de por sí, a hacer el bien, u obras de caridad, sino que todo se reconduce a la raíz del querer bien. La benevolencia viene antes que la beneficencia.
Es el Apóstol mismo el que explicita la diferencia entre las dos esferas de la caridad, diciendo que el mayor acto de caridad exterior – el distribuir a los pobres todos los bienes – no serviría de nada sin la caridad interior (cf. 1 Cor 13, 3). Sería lo opuesto de la caridad “sincera”. La caridad hipócrita, de hecho, es precisamente la que hace el bien, sin querer bien, que muestra exteriormente algo que no tiene una correspondencia en el corazón. En este caso, se tiene una falta de caridad, que puede, incluso, esconder egoísmo, búsqueda de sí, instrumentalización del hermano, o incluso simple remordimiento de conciencia.
Sería un error fatal contraponer entre sí caridad del corazón y caridad de los hechos, o refugiarse en la caridad interior, para encontrar en ella una especie de coartada a la falta de caridad de los hechos. Por lo demás, decir que, sin la caridad, “de nada me aprovecha” siquiera el dar todo a los pobres, no significa decir que esto no le sirve a nadie y que es inútil; significa más bien decir que no me aprovecha “a mí”, mientras que puede aprovechar al pobre que la recibe. No se trata, por tanto, de atenuar la importancia de las obras de caridad (lo veremos, decía, la próxima vez), sino de asegurarles un fundamento seguro contra el egoísmo y sus infinitas astucias. San Pablo quiere que los cristianos estén “arraigados y fundados en la caridad” (Ef 3, 17), es decir, que el amor sea la raíz y el fundamento de todo.
Amar sinceramente significa amar a esta profundidad, allí donde no se puede mentir, porque estás solo ante ti mismo, solo ante el espejo de tu conciencia, bajo la mirada de Dios. “Ama a su hermano – escribe Agustín – el que, ante Dios, allí donde él solo ve, afirma su corazón y se pregunta íntimamente si verdaderamente actúa así por amor al hermano; y ese ojo que penetra en el corazón, allí adonde el hombre no puede llegar, le da testimonio”4. Era amor sincero por ello el de Pablo por los judíos si podía decir: “ Digo la verdad en Cristo, no miento, y mi conciencia me lo atestigua en el Espíritu Santo. Siento una gran tristeza y un dolor constante en mi corazón. Yo mismo desearía ser maldito, separado de Cristo, en favor de mis hermanos, los de mi propia raza” (Rom 9,1-3).
Para ser genuina, la caridad cristiana debe, por tanto, partir desde el interior, desde el corazón; las obras de misericordia de las “entrañas de misericordia” (Col 3, 12). Con todo, debemos precisar en seguida que aquí se trata de algo mucho más radical que la simple “interiorización”, es decir, de un poner el acento de la práctica exterior de la caridad a la práctica interior. Este es solo el primer paso. ¡La interiorización apunta a la divinización! El cristiano – decía san Pedro – es aquel que ama “de verdadero corazón”: ¿pero con qué corazón? ¡Con “el corazón nuevo y el Espíritu nuevo” recibido en el bautismo!
Cuando un cristiano ama así, es Dios el que ama a través de él; él se convierte en un canal del amor de Dios. Sucede como con el consuelo, que no es otra cosa sino una modalidad del amor: “Dios nos consuela en cada una de nuestras tribulaciones para que podamos también nosotros consolar a quienes se encuentran en todo tipo de aflicción con el consuelo con el que nosotros mismos somos consolados por Dios” (2 Cor 1, 4). Nosotros consolamos con el consuelo con el que somos consolados por Dios, amamos con el amor con el que somos amados por Dios. No con uno diverso. Esto explica el eco, aparentemente desproporcionado, que tiene a veces un sencillísimo acto de amor, a menudo escondido, la esperanza y la luz que crea alrededor.
3. La caridad edifica
Cuando se habla de la caridad en los escritos apostólicos, no se habla de ella nunca en abstracto, de modo genérico. El trasfondo es siempre la edificación de la comunidad cristiana. En otras palabras, el primer ámbito de ejercicio de la caridad debe ser la Iglesia, y más concretamente aún la comunidad en la que se vive, las personas con las que se mantienen relaciones cotidianas. Así debe suceder también hoy, en particular en el corazón de la Iglesia, entre aquellos que trabajan en estrecho contacto con el Sumo Pontífice.
Durante un cierto tiempo en la antigüedad se quiso designar con el término caridad, agape, no sólo la comida fraterna que los cristianos tomaban juntos, sino también a toda la Iglesia5. El mártir san Ignacio de Antioquía saluda a la Iglesia de Roma como la que “preside en la caridad (agape)”, es decir, en la “fraternidad cristiana”, el conjunto de todas las iglesias6. Esta frase no afirma sólo el hecho del primado, sino también su naturaleza, o el modo de ejercerlo: es decir, en la caridad.
La Iglesia tiene necesidad urgente de una llamarada de caridad que cure sus fracturas. En un discurso suyo, Pablo VI decía: “La Iglesia necesita sentir refluir por todas sus facultades humanas la ola del amor, de ese amor que se llama caridad, y que precisamente ha sido difundida en nuestros corazones precisamente por el Espíritu Santo que se nos ha dado” 7. Sólo el amor cura. Es el óleo del samaritano. Oleo también porque debe flotar por encima de todo, como hace precisamente el aceite respecto a los líquidos. “Que por encima de todo esté la caridad, que es el vínculo de la perfección” (Col 3, 14). Por encima de todo, super omnia! Por tanto también de la fe y de la esperanza, de la disciplina, de la autoridad, aunque, evidentemente, la propia disciplina y autoridad puede ser una expresión de la caridad. No hay unidad sin la caridad y, si la hubiese, sería sólo una unidad de poco valor para Dios.
Un ámbito importante sobre el que trabajar es el de los juicios recíprocos. Pablo escribía a los Romanos: “Entonces, ¿Con qué derecho juzgas a tu hermano? ¿Por qué lo desprecias? ... Dejemos entonces de juzgarnos mutuamente” (Rm 14, 10.13). Antes de él Jesús había dicho: “No juzguéis y no seréis juzgados [...] ¿Por qué te fijas en la paja que está en el ojo de tu hermano y no adviertes la viga que está en el tuyo?” (Mt 7, 1-3). Compara el pecado del prójimo (el pecado juzgado), cualquiera que sea, con una pajita, frente al pecado de quien juzga (el pecado de juzgar) que es una viga. La viga es el hecho mismo de juzgar, tan grave es eso a los ojos de Dios.
El discurso sobre los juicios es ciertamente delicado y complejo y no se puede dejar a medias, sin que aparezca en seguida poco realista. ¿Cómo se puede, de hecho, vivir del todo sin juzgar? El juicio está dentro de nosotros incluso en una mirada. No podemos observar, escuchar, vivir, sin dar valoraciones, es decir, sin juzgar. Un padre, un superior, un confesor, un juez, quien tenga una responsabilidad sobre los demás, debe juzgar. Es más, a veces, como es el caso de muchos aquí en la Curia, el juzgar es, precisamente, el tipo de servicio que uno está llamado a prestar a la sociedad o a la Iglesia.
De hecho, no es tanto el juicio el que se debe quitar de nuestro corazón, ¡sino más bien el veneno de nuestro juicio! Es decir, el hastío, la condena. En el relato de Lucas, el mandato de Jesús: “No juzguéis y no seréis juzgados” es seguido inmediatamente, como para explicitar el sentido de estas palabras, por el mandato: “No condenéis y no seréis condenados” (Lc 6, 37). De por sí, el juzgar es una acción neutral, el juicio puede terminar tanto en condena como en absolución y justificación. Son los prejuicios negativos los que son recogidos y prohibidos por la palabra de Dios, los que junto con el pecado condenan también al pecador, los que miran más al castigo que a la corrección del hermano.
Otro punto cualificador de la caridad sincera es la estima: “competid en estimaros mutuamente” (Rm 12, 10). Para estimar al hermano, es necesario no estimarse uno mismo demasiado; es necesario – dice el Apóstol – “no hacerse una idea demasiado alta de sí mismos” (Rm 12, 3). Quien tiene una idea demasiado alta de sí mismo es como un hombre que, de noche, tiene ante los ojos una fuente de luz intensa: no consigue ver otra cosa más allá de ella; no consigue ver las luces de los hermanos, sus virtudes y sus valores.
“Minimizar” debe ser nuestro verbo preferido, en las relaciones con los demás: minimizar nuestras virtudes y los defectos de los demás. ¡No minimizar nuestros defectos y las virtudes de los demás, como en cambio hacemos a menudo, que es la cosa diametralmente opuesta! Hay una fábula de Esopo al respecto; en la reelaboración que hace de ella La Fontaine suena así:
“Cuando viene a este valle
cada uno lleva encima
una doble alforja.
Dentro de la parte de delante
de buen grado todos
echamos los defectos ajenos,
y en la de atrás, los propios”8.
Deberíamos sencillamente dar la vuelta a las cosas: poner nuestros defectos en la parte de delante y los defectos ajenos en la de detrás. Santiago advierte: “No habléis mal unos de otros” (St 4,11). El chisme ha cambiado de nombre, se llama comentario [gossip, n.d.t.] y parece haberse convertido en algo inocente, en cambio es una de las cosas que más contaminan el vivir juntos. No basta con no hablar mal de los demás; es necesario además impedir que otros lo hagan en nuestra presencia, hacerles entender, quizás silenciosamente, que no se está de acuerdo. ¡Qué aire distinto se respira en un ambiente de trabajo y en una comunidad cuando se toma en serio la advertencia de Santiago! En muchos locales públicos una vez se ponía: “Aquí no se fuma”, o también, “Aquí no se blasfema”. No estaría mal sustituirlas, en algunos casos, con el escrito: “¡Aquí no se hacen chismes!”
Terminemos escuchando como dirigida a nosotros la exhortación del Apóstol a la comunidad de Filipos, tan querida por él: “Os ruego que hagais perfecta mi alegría, permaneciendo bien unidos. Tened un mismo amor, un mismo corazón, un mismo pensamiento. No hagáis nada por espíritu de discordia o de vanidad, y que la humildad os lleve a estimar a los otros como superiores a vosotros mismos. Que cada uno busque no solamente su propio interés, sino también el de los demás” (Fil 2, 2-5).
1 Cf. S. Kierkegaard, Gli atti dell’amore, Milán, Rusconi, 1983, p. 163.
2 Benedicto XVI, Gesù di Nazaret, II Parte, Libreria Editrice Vaticana 2011, pp. 76 s.
3 S. Catalina de Siena, Dialogo 64.
4 S. Agustín, Comentario a la primera carta de Juan, 6,2 (PL 35, 2020).
5 Lampe, A Patristic Greek Lexicon, Oxford 1961, p. 8
6 S. Ignacio de Antioquía, Carta a los Romanos, saludo inicial.
7 Discurso en la audiencia general del 29 de noviembre de 1972 (Insegnamenti di Paolo VI, Tipografia Poliglotta Vaticana, X, pp. 1210s.).
8 J. de La Fontaine, Fábulas, I, 7
[Traducción del italiano por Inma Álvarez]

martes, 29 de marzo de 2011

NOVICIAS DE IESU COMMUNIO

El pasado domingo eramos unas 500 personas en el locutorio de las Hermanas Iesu Communio de La Aguilera (Burgos). Las hermanas habían removido toda su casa para colocar bancos, banquetas, taburetes y todo lo que tenían a mano tratando de que cupiéramos todos y estuviéramos cómodos.
Fuera llovía, hacía viento y bastante frío (lo propio de La Aguilera). Dentro también llovía Gracia de Dios, sin parar; soplaba el viento del Espíritu Santo, pero frío no hacía porque estas mujeres tienen el fuego del Amor dentro de ellas y lo irradian sin parar.
Habíamos llegado de muchos lugares, pero sobre todo de Madrid. De distintas realidades eclesiales, fundamentalmente del Opus Dei y del Camino Neocatecumenal, aunque también había familias guadalupanas, del Verbum Dei, de Comunión y Liberación, Cursillos de Cristiandad, etc. Pero ante todo cristianos, miembros de la Iglesia Católica, sin distinción. Un pueblo, unidos en un sólo cuerpo y con Cristo a la cabeza.
Dos Hermanas Iesu Comunio hacían su Iniciación a la Vida Consagrada, tras algo más de un año de postulantado pasaban a ser novicias del nuevo Instituto. Maribel y Rut compartieron con nosotros lo que Dios estaba haciendo con sus vidas: la llamada, su vocación, su vida en Iesu Communio. Algunas más de las 192 Hermanas también compartieron sus experiencias. También la Madre Verónica  y la Madre Blanca compartieron unas palabras con todos nosotros.
Aproximadamente fue una hora y media de presencia del Espíritu en medio de todos nosotros. Con esto, quizás, nos habría bastado; pero era sólo el "aperitivo". Había que prepararse para el gran momento que no fue otro que la Eucaristía: la presencia real de Cristo con todos nosotros a través de su Cuerpo y de su Sangre.
Concelebraron cinco sacerdotes con relación cercana a las dos Hermanas. El rito inicial fue la Iniciación a la Vida Consagrada de ambas. Un rito sencillo, pero cargado de signos. Estaban alegres, felices. Se veía desde nuestros bancos y se sientía su felicidad. Están enamoradas del Amor verdadero. La maestra de postulantes las ha presentado a la Madre Verónica que ha entablado un breve diálogo con ellas en el que han pronunciado la fórmula de Iniciación al Noviciado. Luego les ha impuesto el velo, una pañoleta azul, azul "celeste", anudada por detrás. Les ha entregado las constituciones del nuevo Instituto y les ha impuesto la medalla. La medalla tiene una imagen de la Piedad con la expresión "Stabat" y tiene forma de lágrima. Como respuesta: AMÉN, AMÉN, AMÉN. Tres veces AMÉN.
Cada una de las 190 Hermanas restantes las ha abrazado. Todo un signo también dentro de este rito inicial.
La liturgia de la Palabra del tercer domingo de cuaresma parecía elegida para la ocasión. La petición de Jesús a la samaritana: "Dame de beber" está tan unida a estas hermanas... De hecho, el oratorio lo preside la frase "Tengo sed" al lado del crucificado.
Las lecturas han corrido a cargo de dos familiares: el hermano de Maribel y la madre de Rut.
La homilía ha sido estupenda, bien preparada y muy bien expuesta; tanto que la Madre Verónica se ha quedado con los folios que ha preparado el padre Fran.
Maribel y Rut han llevado las ofrendas al altar y ha comenzado la liturgia eucarística.
Los presbíteros y ellas dos han comulgado bajo las dos especies. El resto sólo con el cuerpo de Cristo.
Se han postrado las dos en el suelo junto a la Madre Verónica mientras se distribuía la comunión a todos los asistentes. Recogidas, en oración, mientras los hermanos de Maribel entonaban un precioso canto eucarístico. Creo que la imagen más bella de todo el día es la de la Madre postrada con sus hijas en el suelo, orantes, con Cristo dentro.
Después de recibir la bendición nos han dirigido unas palabras de agradecimiento a todos los presentes, a sus familias en primer lugar y a todos los demás. Han hablado, brevemente, de sus sentimientos en ese momento y nos han explicado la Virgen que preside el oratorio.
Nos han invitado a pasar al regazo de la Bella Pastora, a depositar nuestra oración.
En primer lugar lo han hecho ellas con el padre Fran y luego cada una con sus padres y hermanos. Luego se ha formado una larga cola de orantes que se acercaban a besar a la Virgen, a rezarle, a apoyarse sobre sus piernas.
Hemos vuelto al locutorio para despedirnos de ellas y cada uno ha emprendido el viaje de vuelta hacia su casa. Todos cargados con las pastas y dulces que con tanto mimo elaboran y cargados también de Cristo, de Gracia de Dios, de Espíritu Santo.

Lamento deciros que no he podido ser objetivo en este "post" por razones muy evidentes: Rut es mi hija, gracias a Dios. Pero, aunque no lleve mis apellidos ni los de mi mujer, también Maribel es mi hija y cada una de las 192 Hermanas Iesu Communio. Por lo tanto os pido perdón, queridos lectores.