Mostrando entradas con la etiqueta Pascua. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Pascua. Mostrar todas las entradas

lunes, 16 de abril de 2012

"Haz de mí lo que quieras"


Como culminación a la Octava de Pascua decidimos pasar el día en La Aguilera. No ceso de dar gracias a Dios por el don tan grande que ha sido para mí y para toda nuestra familia el haber conocido esta casa y a cada una de sus Hermanas.
Ayer terminamos la jornada celebrando la Eucaristía con ellas. Llegamos al oratorio antes de que comenzara la Misa y todavía estaba expuesto el Santísimo. Pudimos orar un rato, de rodillas ante Él. Sólo en medio de la compañía de estas mujeres sentí, de nuevo, el amor inmenso de Dios que no me abandona, que ha resucitado y se ha quedado en los sacramentos, pero sobre todo, en la Eucaristía.
Para hacer la reserva entonaron un canto que me emociona profundamente, es el mismo canto que hicieron en el momento de la entrada de mi hija en el Convento. La música no la puedo reproducir, pero sí el texto:

Padre, me pongo en tus manos, 
haz de mí lo que quieras, 
sea lo que sea, te doy las gracias.

Estoy dispuesto a todo, 
lo acepto todo, 
con tal que tu voluntad se cumpla en mí, 
y en todas tus criaturas.
No deseo nada más, Padre.

Te confío mi alma, 
te la doy con todo el amor 
de que soy capaz, 
porque te amo.

Y necesito darme, 
ponerme en tus manos sin medida, 
con una infinita confianza, 
porque Tú eres mi Padre.
Charles de Foucauld


viernes, 22 de julio de 2011

22 de julio: Santa María Magdalena


   Formó parte de los discípulos de Cristo, estuvo presente en el momento de su muerte y, en la madrugada del día de Pascua, tuvo el privilegio de ser la primera en ver al Redentor resucitado de entre los muertos (Mc 16, 9). Fue sobre todo dura­nte el siglo XII cuando su culto se difundió en la Iglesia occidental.

Ardía en deseos de Cristo, a quien pensaba que se lo habían llevado
De las homilías de san Gregorio Magno, Papa, sobre los evangelios
María Magdalena, cuando llegó al sepulcro y no encontró allí el cuerpo del Señor, creyó que alguien se lo había llevado y así lo comunicó a los discípulos. Ellos fueron también al sepulcro, miraron dentro y creyeron que era tal como aquella mujer les había dicho. Y dice el evangelio acerca de ellos; Los discípulos se volvieron a su casa. Y añade, a continuación: Fuera, junto al sepulcro, estaba María, llorando.
Lo que hay que considerar en estos hechos es la intensidad del amor que ardía en el corazón de aquella mujer, que no se apartaba del sepulcro, aunque los discípulos se habían marchado de allí. Buscaba al que no había hallado, lo buscaba llorando y, encendida en el fuego de su amor, ardía en deseos de aquel a quien pensaba que se lo habían llevado. Por esto, ella fue la única en verlo entonces, porque se había quedado buscándolo, pues lo que da fuerza a las buenas obras es la perseverancia en ellas, tal como afirma la voz de aquel que es la Verdad en persona: El que persevere hasta el final se salvará.
Primero lo buscó, sin encontrarlo; perseveró luego en la búsqueda, y así fue como lo encontró; con la dilación, iba aumentando su deseo, y este deseo aumentado le valió hallar lo que buscaba. Los santos deseos, en efecto, aumentan con la dilación. Si la dilación los enfría, es porque no son o no eran verdaderos deseos. Todo aquel que ha sido capaz de llegar a la verdad es porque ha sentido la fuerza de este amor. Por esto dice David: Mi alma tiene sed de Dios vivo: ¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios? Idénticos sentimientos expresa la Iglesia cuando dice, en el Cantar de los cantares: Estoy enferma de amor; y también: Mi alma se derrite.
Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas? Se le preg­unta la causa de su dolor con la finalidad de aumentar su deseo, ya que, al recordarle a quién busca, se enciende con más fuerza el fuego de su amor.
Jesús le dice: «¡María!» Después de haberla llamado con el nombre genérico de «mujer», sin haber sido reconocido, la llama ahora por su nombre propio. Es como si le dijera:
«Reconoce a aquel que te reconoce a ti. Yo te conozco, no de un modo genérico, como a los demás, sino en es­pecial».
María, al sentirse llamada por su nombre, reconoce al que lo ha pronunciado, y, al momento, lo llama: «Rabboni», es decir: «Maestro», ya que el mismo a quien ella buscaba exteriormente era el que interiormente la instruía para que lo buscase.
Oración
Señor, Dios nuestro, Cristo, tu Unigénito, confió, antes que a nadie, a María Magdalena la misión de anunciar a los suyos la alegría pascual; concédenos a nosotros, por la intercesión y el ejemplo de aquella cuya fiesta celebra­mos, anunciar siempre a Cristo resucitado y verle un día glorioso en el reino de los cielos. Por nuestro Señor Je­sucristo.

sábado, 14 de mayo de 2011

El Buen Pastor

En este 4º domingo de Pascua la Iglesia nos invita a meditar sobre Cristo como Buen Pastor.
El Salmo 22 es una lectura y oración muy recomendada para ayudarnos a entender mejor esta imagen. Muchos santos han meditado sobre él.
San Francisco de Asís decía:
Tú eres el buen pastor, "tú eres el bien, todo bien, sumo bien, Señor Dios vivo y verdadero"
De todos es conocido el famoso poema de Santa Teresa de Jesús:
Nada te turbe, nada te espante todo se pasa, 
Dios no se muda, la paciencia todo lo alcanza, quien a Dios tiene nada le falta sólo Dios basta.
Porque a nosotros nos ha tocado ser ovejas y poner nuestras vidas en manos del Buen Pastor. Si creemos de verdad que Él es nuestro Pastor, "nada nos falta". 
Él nos conduce con amor "hacia las aguas de la vida" y, si es necesario, nos carga sobre sus hombros cuando estamos débiles y vacilantes. Nos lleva hasta el lugar de reposo y nos guía hasta "el pasto nutritivo". Porque Él es el agua y es la fuente que sacia realmente.
Y "preparas una mesa ante mí" en la que Él mismo se hace alimento. Él es el pan que se parte y se entrega para saciarnos. Un pequeño pedazo de este pan puede saciarnos de Vida. ES LA EUCARISTÍA.
Y nos "guías por el sendero justo" que también es Él mismo, porque Él es el Camino, y la Verdad y la Vida.
Como dice San Agustín:
No se te dice: trabaja para dar con el camino, para que llegues a la verdad y la vida; no se te ordena esto. Perezoso, ¡levántate! El mismo camino viene hacia ti.
"tu vara y tu cayado me sosiegan". Esta vara y este cayado son la Cruz. Si estamos cerca de la Cruz nada debemos temer porque ella nos pacifica, nos purifica y nos enamora. Porque la cruz es el amor más fuerte que vence a todos los enemigos.
"Me unges la cabeza con perfume". Este perfume de Cristo es el Espíritu Santo, dice San Ambrosio, el óleo de alegría que no unge el cuerpo sino que ilumina lo íntimo del corazón.
San Bernardo comenta el verso "tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida" diciendo:
Es como si Dios hubiera vaciado sobre la tierra un saco lleno de su misericordia; un saco que habría de desfondarse en la pasión (...), un saco pequeño, pero lleno (...) mi único mérito es la misericordia del Señor. No seré pobre en méritos, mientras Él no lo sea en misericordia.
Y la meta a la que el Buen Pastor nos guía no es otra que "habitar en la casa del Señor por años sin término". 
 

jueves, 28 de abril de 2011

Vivir de "modo pascual"

BENEDICTO XVI
Miércoles 27 de abril de 2011

La Octava de Pascua
Queridos hermanos y hermanas:
Colmados con la frescura y la alegría de las celebraciones litúrgicas de este tiempo, deseo referirme brevemente a la Pascua. Cristo resucitado de entre los muertos es el fundamento de nuestra fe, que se irradia en toda la liturgia de la Iglesia, dando contenido y significado a la existencia.

La resurrección de Jesús es la plenitud de la vida no sometida ya a la caducidad del tiempo, sino inmersa en la eternidad de Dios. Inicia una nueva condición del ser hombres, que ilumina y transforma el camino de cada día y abre un futuro diverso y nuevo para toda la  humanidad. La Pascua trae una vida de libertad animada por el amor, fuerza que derriba toda barrera y construye una nueva armonía en el propio corazón, en la relación con los demás y con las cosas. Queridos amigos, Cristo verdaderamente ha resucitado. La vida y la alegría que nos ha dado con su Pascua debemos darla a quienes están cerca. Tenemos como tarea y misión hacer resurgir la esperanza donde hay desesperanza, la alegría donde hay tristeza, la vida donde hay muerte. Hemos de vivir de “modo pascual” y hacer resonar el alegre anuncio que Cristo no es una idea o un recuerdo del pasado, sino una Persona que vive con nosotros, por nosotros y en nosotros, y con Él, por Él y en Él podemos hacer nuevas todas las cosas. 

miércoles, 27 de abril de 2011

PASCUA: Viviremos con Él para siempre.


Reproduzco a continuación la segunda lectura del Oficio de Lecturas de hoy:

De una Homilía pascual de un autor antiguo

(Sermón 35, 6-9: PL 17 [edición 1879], 696-697)
 

CRISTO AUTOR DE LA RESURRECCIÓN Y LA VIDA
 

El apóstol Pablo, recordando la dicha de la salvación restaurada, exclama: Del mismo modo que por Adán la muerte entró en el mundo, así también por Cristo ha sido restablecida la salvación en el mundo; y también: El primer hombre, hecho de tierra, era terreno; el segundo es del cielo.
Y aun añade: Nosotros, que somos imagen del hombre terreno, esto es, del hombre viejo, pecador, seremos también imagen del hombre celestial, esto es, del reconocido por Dios, del redimido, del restaurado. Esforcémonos, por tanto, en conservar la salvación que nos viene de Cristo, ya que el mismo Apóstol dice: Primero, Cristo, esto es, el autor de la resurrección y la vida; después, los de Cristo, esto es, los que, imitando el ejemplo de su vida íntegra, tendrán una esperanza cierta, basada en la resurrección del Señor, de la futura posesión de la misma gloria celestial que él posee, como dice el mismo Señor en el Evangelio: El que me sigue no perecerá, sino que pasará de la muerte a la vida.
Así, pues, la pasión del Salvador es la salvación de la vida humana. Para esto quiso morir por nosotros, para que nosotros, creyendo en él, viviéramos para siempre. Quiso hacerse como nosotros en el tiempo, para que nosotros, alcanzando la eternidad que él nos promete, viviéramos con él para siempre.
Éste, digo, es aquel don gratuito de los misterios celestiales, esto es lo que nos da la Pascua, esto significa la ansiada solemnidad anual, éste es el principio de la nueva creación.
Por esto los neófitos que la santa Iglesia ha dado a luz mediante el baño de vida hacen resonar los balidos de una conciencia inocente con sencillez de recién nacidos. Por esto unos castos padres y unas madres honestas alcanzan por la fe una nueva e innumerable progenie.
Por esto, bajo el árbol de la fe, brilla el resplandor de los cirios en la fuente bautismal inmaculada. Por esto los que han nacido a esta nueva vida son santificados con el don celestial y alimentados con el solemne misterio del sacramento espiritual.
Por esto la comunidad de los fieles, alimentada en el regazo maternal de la Iglesia, formando un solo pueblo, adora al Dios único en tres personas, cantando el salmo de la festividad por excelencia: Éste es el día en que actuó el Señor: sea él nuestra alegría y nuestro gozo.
¿De qué día se trata? De aquel que nos da el principio de vida, que es el origen y el autor de la luz, esto es, el mismo Señor Jesucristo, quien afirma de sí mismo: Yo soy el día; quien camina de día no tropieza, esto es, quien sigue a Cristo en todo llegará, siguiendo sus huellas, hasta el trono de la luz eterna; según aquello que él mismo pidió al Padre por nosotros, cuando vivía aún en su cuerpo mortal: Padre, quiero que todos los que han creído en mí estén conmigo allí donde yo esté; para que, así como tú estás en mí y yo en ti, estén ellos en nosotros.

martes, 26 de abril de 2011

Un relato Pascual

“LA LLAMA VIVA”
Mamerto Menapace
Había una vez un pueblo de luciérnagas. Habitaban la falda de un cerro, en medio de las espesura del bosque, con claros para sus juegos y matorrales para guarecerse durante los días de tormenta.
La población tenía dos variantes: una llevaba las luces cerca de sus ojos y las mantenía permanentemente encendidas. Eran las tacas, o tucos. La otra, en cambio tenía su luz en el vientre pudiendo encenderla o apagarla a su gusto. Esta variedad constituia la mayoría. Se los llamaba simplemente bichitos de luz. En las noches tibias de verano su resplandor podía verse desde lejos y su fosforescencia iluminaba todo el pueblo.
Muy lejos de allí, del otro lado del valle oscuro y misterioso, brillaba otra luz. Lejana, y sin embargo tremendamente presente, aquella luz parecía tener vida propia. No era de la misma calidad que la de los demás bichos.
Era una luz viva. Aunque permanecía siempre en el mismo lugar atraía poderosamente la mirada y hasta la curiosidad de nuestro pueblo de diminutas luminarias. Su existencia y el misterio de su brillo en las noches tenía intrigadas a todas las luciérnagas. Habían surgido varias teorías para explicar su existencia. Algunas se basaban en el miedo. Otras se burlaban de ella llegando hasta faltarle el respeto. Muchos la veneraban, víctimas de un extraño embrujo , se reverenciaban ante ella como se reverencia lo desconocido, pero misterioso y fascinante. En todo caso, nadie la podía negar. Salvo los miopes o los ocupadísimos. Aunque también estos en las noches oscuras previas a las tormentas se veían obligados a reconocer su existencia.
Alguna vez había que tomar una decisión.
Entonces se convino en convocar a una asamblea general. Allí se discutió, se aventuraron hipótesis nuevas tratando de conciliar posturas irreductibles. Pero nadie quedó satisfecho. Quizá lo único que quedaba en claro era que alguien tendría que arriesgarse y traer respuestas acerca de la luz.
Varios propusieron a varios. Finalmente se levantó la luciérnaga más inteligente. Ella iría a ver, y luego contaría la verdad. Sólo pedía que, para posibilitar su retorno, la noche del regreso todas tuvieran sus luces encendidas al máximo. Como era inteligente temía extraviarse en el tenebroso valle intermedio.
Y partió. Con la vista clavada en su objeto fue fácil orientarse. Atravesó la oscuridad, dándose cuenta de que cada vez ésta era menos densa a medida que se acercaba a la luz. Y llegó. El amplio ventanal de un castillo estaba abierto ante ella dando entrada al gran salón en cuyo centro ardía un enorme cirio. El resplandor era tan intenso que tuvo que cerrar los ojos para no quedar deslumbrada. Con gran precaución comenzó a volar en derredor de la llama a la máxima distancia posible, pegada a las paredes del lugar. Su asombro crecía a cada instante, Realmente aquella luz era maravillosa. No solamente brillaba, como lo hacían las luciérnagas, sino que alumbraba y deslumbraba. Su riqueza de luminosidad era tan grande que se derramaba sobre cada objeto y lo convertía en brillante. Todo parecía participar del regalo de esa llama y ella recibía sus formas y sus colores.
Con los ojos llenos de aquel espectáculo, retornó al pueblo. Al principio se orientó por la memoria, pero, poco a poco se le fue haciendo visible el resplandor de sus hermanas que alumbraban el regreso. A su llegada contó con lujo de detalles todo lo visto. Había quedado embelesada por aquella luz tan rica que se derramaba sobre todas las cosas y permitía verlas, distinguirlas, reconocerlas. Respondió a todas las preguntas que le hicieron y lo único que logró fue aumentar en su pueblo la fascinación y el ansia de conocer en profundidad la verdad de aquella luz. Porque ella sólo había visto. No había tocado, no había sentido, no podía decir nada, en verdad, sobre la luz misma. Sólo podía informar sobre sus efectos.
Se hacía necesario insistir. Y esta vez se ofreció la más corajuda.
Orientada como su amiga sobrevoló el valle tenebroso poniendo proa hacia el castillo. Entró por el ventanal y luego de imitar a su predecesora, hizo alarde de su coraje y comenzó a acercarse a la llama. Comenzó a sentir su calor. Constató que le comunicaba vida, fuerza, energía. Se sintió revitalizada y con nuevos bríos. Se le fue el frío que traía de su largo vuelo. Le pareció renacer. Y llena de alegría por su descubrimiento, se lanzó hacia la oscuridad de la noche rumbo a su pueblo que la esperaba ansioso.
Su llegada conmocionó a todos.. Su entusiasmo era tal que ella misma parecía hacer partícipes a sus compañeras de aquello que había logrado asimilar de la Llama Viva, fuente de calor y energía. Casi no necesitaba explicar lo sucedido. Se diría que ella misma irradiaba lo vivido. Y esto, en vez de calmar la ansiedad y la fascinación de las luciérnagas, terminó por plantearles con fuerza inusitada la pregunta:
-¿Quién es esa luz?
A esta pregunta la corajuda no podía responder. Ella podía hablar de los efectos sentidos, del calor y de la vida. Pero no tenía experiencia de la llama misma. A pesar de su coraje no se había animado a tocar. Temía entregarse a algo desconocido y que podría haberla consumido…
Pero la pregunta estaba planteada y había que responderla. ¿Quién se ofrecería?
En medio del silencio se sintió una voz chiquita y arrobadora. Era la de la soñadora.

- ¡Voy yo! -dijo sin dudar.
El asombro fue mayúsculo. Nadie la tomaba en serio en el pueblo de luciérnagas. Tenía una imaginación tan frondosa! y un lenguaje tan fantasioso, que cuando quería explicar algo nadie le entendía. ¡Vaya a saber qué explicación traería a su regreso!
Pero su deseo de volar era tan grande y su voluntad tan inquebrantable que partió, fascinada por la luz. Entró por el amplio ventanal con los ojos dilatados clavados en la Llama Viva. Y se dejó seducir. ..
Desde el lejano pueblo se vio un instantáneo, pequeñísimo estallido de luz. Y allá se quedó ardiendo, unida para siempre a la llama que no consume, asume.
Nunca regresó para llevar respuestas. Se quedó allá generando preguntas.
Desde entonces en el pueblo de luciérnagas se sabe que algo de ellas les manda mensajes de luz desde la Llama Viva.

Entre ellas sigue habiendo inteligentes y corajudas. Y seguramente seguirá habiendo soñadoras.

lunes, 25 de abril de 2011

PASCUA: El día de la Nueva Creación.

Os adjunto un enlace a la homilía del Papa Benedicto XVI durante la celebración de la Vigilia Pascual el pasado sábado.

Homilia del Papa Benedicto XVI en la Vigilia Pascual

domingo, 24 de abril de 2011

PASCUA FLORIDA


Pascua florida
Domingo de Resurrección
Carta semanal del Arzobispo de Oviedo  24.04.2011

Queridos hermanos y amigos: paz y bien.
Decimos de quienes se contrarían, que están malhumorados. Sí, que se les ha colado un mal humo en los adentros y les deja contrariados. Pero las cosas no tienen esas penurias ahumadas malamente, aunque la vida nos complique la andadura y nos haga fatigar y hasta afogarnos en las cuestas arriba, o nos precipite desbocados en las cuestas abajo. Hay un modo distinto de ver las cosas, que aunque éstas no cambien, son otras si las miramos asomados desde otros ojos.
A veces la vida huele a azahar y sabe como a tomillo, y la tierra te llena de frescor mañanero, tanto que parece recién bañada con matutino remojo. Y además, si se la sabe mirar, más aún, si se sabe amarla, ¡entonces qué fácil es descubrir su íntimo secreto que te llena de paz y alegría el alma!
La Pascua florida nos trae esa canción. No se trata de una poesía enajenante que nos saca del quicio y del huerto, que nos emboba distraídos para no afrontar las cosas como la vida requiere. Pero la Pascua florida tiene esa belleza siempre nueva, que se estrena en esperanza y que se brinda con sonrisas, no como si nada hubiese pasado o como si nada estuviese pasando, sino precisamente en medio de todo esto.
Hemos vuelto a guardar nuestros capisayos semanasanteros, y hemos regresado a nuestros habituales asuntos tras la tregua piadosa de los días más cristianos del año. Y no se trata de volver cansinos a la carga, al hoyo o al bollo de lo cotidiano con una mueca de derrota como quien debe reemprender lo propio con enfado.
La Pascua florida nos dice que hay algo que realmente vuelve a comenzar rompiendo el maleficio que nos hace rehenes tristes de una inercia difícil de cambiar. Los inviernos y sus inclemencias, esos fríos que congelan toda posible calidez, dejan paso inevitablemente a una primavera que de modo imparable nos explota fecunda la vida. Es lo que significa la palabra hebrea “pascua”, el paso, lo que acontece sin que nada ni nadie lo pueda detener. Dios pasa y pasea su vida habiendo vencido de mil modos la parada acorralante de la muerte. Esta es la Pascua que en este día vemos florecer, como se abre la flor en lo que fuera semilla, como se abre la flor en lo que luego será fruto también.
Nos llena de santa alegría esta esperanza cierta, una esperanza cumplida que una y otra vez se hace hueco en medio de nuestras cuitas, de nuestros desconciertos, de nuestros cansancios y nuestros miedos. Hay algo que se hace rebelde en nosotros por dentro, cuando una extraña y dulce fortaleza se resiste a que la vida se haga lenta, pesada, cansina y sin derrotero. Y esto es la exigencia de nuestro corazón que se hace demanda, se hace plegaria, se hace gracia en el encuentro. Sí, un encuentro entre mis preguntas más mías, y las respuestas del Señor que me las revela.
Pascua florida, regreso estrenador de la vida, donde nuestros sepulcros quedan vacíos y la muerte vencida. La luz se demostró más grande infinitamente que todas nuestras oscuridades juntas. La bondad se hizo hueco en medio de nuestras maldades. La gracia del Resucitado ha logrado hacer caducas a nuestras desgracias mortales. Y la vida misma, nos narra de tantos modos el regalo que Dios nos hace al abrazar nuestra realidad espesa y nuestra humanidad herida. Cristo ha vencido. Albricias es el canto. Nosotros los testigos y una alegría pascual nuestra seña y nuestro santo. Nos inunda a raudales la Santa Pascua florida. Felicidades.
Recibid mi afecto y mi bendición.
† Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo